¿Alguna vez te has preguntado si podríamos vivir sin
tiempo? ¿Si seriamos capaces de pasar los días sin números? El despertador de
buena mañana, los minutos a la espera del metro que se hacen interminables, el
reloj de la oficina cinco minutos adelantado que te delata día tras día, etc…
Estoy sentado en mi pupitre aun dormido. Me gusta
sentarme en la última hilera de mesas, lo puedes observar todo sin que lo
observado se percate de ello. Ahí llega. Todo el mundo lo conoce como el rarito. Deja su mochila en el suelo, en
la parte derecha de la mesa, se desata el cordón izquierdo y se lo vuelve a
atar. Se sienta, saca la libreta de matemáticas, luego el libro de catalán y
finalmente el estuche. Lo vuelve a meter todo en la mochila, se ha equivocado
de orden, debe estar nervioso por el examen. Vuelve a sacarlo, esta vez primero
el estuche, y luego la libreta de mates y el libro de catalán respectivamente.
Le saca punta al lápiz, destapa y vuelve a tapar el bolígrafo, da tres
toquecitos en la mesa y finalmente se queda quieto a la espera del reparto de
las hojas. El primer día de clase la profesora nos explicó que vendría un niño
nuevo. Nos dijo que lo tratáramos muy bien y sin necesidad de decirlo nos avisó
que era un poco diferente. Usó la palabra diferente y aun no entiendo porque.
Se trata de un TOC, me aclaró mi madre cuando se lo conté. Cada mañana hacía
los mismos movimientos y cuando algo o alguien se lo impedía se ponía muy
nervioso. Extremadamente nervioso. No necesitaron más de tres días para ponerle
motes. Crueles. Así son mis compañeros de clase. Pero yo no. Me limité a
observarlo y me aprendí de memoria sus movimientos. Me parecían curiosos, y
para mí, pasaron a ser el baile de cada madrugada. Y sin darme cuenta, por
algún extraño motivo, yo también pase a necesitar que los hiciera
correctamente. Me había acostumbrado, y cuando no los hacía, una rara sensación
me invadía, algo no iría bien. Supongo que así se sentía él. Un día, en la hora
del descanso, decidí entablar conversación con él. Sin saber porque me pareció
conocerlo de toda la vida, y fue entonces cuando lo entendí. Para él, todo eso
era necesario. Repetir los mismos movimientos día tras día le hacía sentir que
lo tenía todo bajo control, seguro, a salvo. Entonces lo vi. No solo se trataba
de él y de su trastorno. Puede que sí, que lo exagerara todo, pero no era más
que una representación de los humanos en general. Esa necesidad de tener
planeado hasta el último momento del día, esa falsa tranquilidad que genera
tener calculado hasta el minuto en el que te irás a dormir, ese vivir para los
números que lo único que nos hace es esclavos…
Así lo veo yo. Esos cálculos no hacen más que limitarnos
la libertad. Sí, una tranquilidad momentánea, pero una inquietud para cumplir
los planes. ¿Y que pasa cuando no puedes
hacer lo que tenías pensado? Entonces todo se desmorona. ¿Y es que para qué
perder momentos pensando en lo que haremos dentro de un tiempo…? Ni siquiera
podemos saber con exactitud si lo vamos a poder vivir… Y sí, supongo que los
humanos necesitamos el tiempo. Y si no existiera este, tendríamos una u otra
manera para medirlo, porque al fin y al cabo necesitamos una referencia, algo
que nos diga que la vida pasa. ¿Pero porque no la medimos a momentos? Podéis
decirme antiguo, cursi, romántico… pero si así lo hiciéramos a lo mejor
disfrutaríamos más de aquellos que valen la pena, porque sabríamos lo largo que
se hacen los malos tiempos… Supongo que sí, está claro que no podríamos vivir
sin números, sin dimensiones, sin minutos, horas y segundos… pero en realidad
todo eso lo hemos hecho por el tiempo, porque si hay algo contra lo que no
podemos luchar es este. Así que… ¿podríamos tener una vida sin números? En mi
opinión, sí, podríamos tener una vida medida a momentos, porque el tiempo no se
parará, y al final pasamos la vida
pensando en lo que haremos y morimos sin hacer nada. Tú decides.