Un ángel caído del cielo. Así lo veía yo. Vivíamos
aislados de la sociedad, en mitad de la nada pero con todo a nuestro alrededor.
El sonido del río silencioso, constante y que nunca abandonaba, aquellos
árboles que nos protegían de cualquier vecindario, las flores y las ramas que
formaban el laberinto por el cual me movía como pez en el agua… Solas vivíamos
mi madre y yo, hasta que llegó él. Un extraño parecía, pero sin yo saberlo la
misma sangre corría por nuestras venas. Yo, tan pequeña e insignificante, tan
frágil e inocente, tan gota de ese inmenso océano… y él, tan firme e
interesante, tan misterioso y seguro, tan rey de una selva que aún ni conocía…
Y esa silueta tan oscura, las hojas en la noche iluminadas por la luz de la
luna llena. Esas perlas que por ojos él tenía, que clara luz proyectaban cuando
la sonrisa amanecía en su rostro, pero te rompían el corazón cuando agua
cristalina parecían, reteniendo las lágrimas que tantos años llevaban
escondidas...
Y fue sin saberlo, como cuando aprendes a atarte los
zapatos y llega el día en que lo haces con los ojos cerrados, como si hubieras
nacido para eso, y ya no recuerdas día en que te tuvieran que ayudar… fue así,
sin más, como cuando hechas la cantidad de azúcar justa en tu café aun estando dormido,
sin ser consciente, sin percatarte de la dificultad de aquello que te sale a la
perfección... Así fue como empezó aquél amor incomprendido. Yo tan niña, él tan
ciego… yo tan cría e indefensa, dentro de sus brazos vencía al mayor ejército
del mundo, él tan lleno de experiencia, mirada fija en mi mostraba el niño
preso de sus miedos. Y así fueron
pasando los días… los meses… los años…
Juntos fue como descubrimos el vivir sin descansar, las
miradas infinitas, silenciosas, tan llenas de significado… Juntos descubrimos
el misterio del besar con los ojos cerrados, porque el amor estaba hecho para
el corazón... Como aquellos ojos color café mostraban admiración ante mí, y
como si una diosa yo fuera se arrodillaban frente a mi sonrisa, y como aquel
dolor de estómago cuando recorría mi espalda y ese escalofrío culminaba la
noche eterna. Descubrimos un mundo nuevo. Ese descanso de la vida, esas tardes
sin hacer nada, solo amándonos, esos abrazos que nos hacían inmortales… Para
mí, era todo un mundo nuevo, para él, una nueva forma de vivirlo.
Pero entonces los años mágicos fueron terminando, y con
aquél fin de estación amanecían las agonías. Las noches empezaban a hacerse
largas y las mañanas parecían una meta inalcanzable día a día. El aire se
peleaba en mis pulmones y sangre amanecía en mi almohada tras los sueños de
infarto. Y él me prometía un amor eterno mientras yo solo sentía como los días
nunca acababan. Y aquello que dando saltos antes hacía ahora se quedaba en mi
memoria.
Infinita fidelidad salía de su boca, y sentía como sus
ojos afirmaban lo que el corazón sentía, pero mucha vida le quedaba por
delante, y otra dama caería en sus encantos, así como anonadado se quedaría
otras veces por otra silueta ante el reflejo de los rayos del sol. Consciente
de todo eso era yo, y llámenle egoísmo, avaricia, individualismo… pero morir
feliz era mi deseo, y aunque mentira fuese y yo supiera que en futuro no tan
lejano aquél corazón volvería a latir con pasión ante los ojos de otra mujer,
quería escuchar aquella voz acariciando esas palabras, como si cien por cien
sinceras fueran, porque una vez muerta ya nada más importaba, mientras hubiese
vivido hasta mi último suspiro ante aquél hombre con su sonrisa reflejada en mi
rostro y esas caricias en mi liso pelo…
<<Hasta
aquí he hablado con exactitud>>. Mucho caso ya no hagan de esto que voy a seguir
contando, y es que mi corazón ya se había rendido y ni un beso de mi príncipe
azul podría haber salvado ese cuerpo de muñeca… pero las vivencias no
terminaron aquí, y es que aun en las noches más frías iba a visitarle. Recuerdo
como sus suaves labios acariciaban los míos y en un suspiro se fundían, como la
brisa de verano ante una puesta de sol, como el chocolate caliente en las
tardes ante la nieve, como un abrazo deseado durante años… Y cuando sentí que
ya no le permanecía, que ya en sus sueños no aparecía y su corazón se estaba
librando de mis últimos recuerdos… Fue entonces cuando comprendí que libre lo
debía dejar, que el deseo que pudiera volver a vivir por los dos era mi única
bendición... así fue como pude descansar en paz, y en sus memorias eternamente
supe que viviría... Y con el último suspiro que dejé escapar se fue mi corazón
eterno.