16 de noviembre de 2014

Carpe Diem

Observo la ciudad bajo mis pies. Respiro. Me columpio a través de la suave y fresca brisa que me peina hacia atrás el flequillo dejándome los ojos al descubierto. Suspendida en el aire, el tiempo se detiene. Estoy harta, hasta aquí hemos llegado. Y es que bajo mis pies contemplo una ciudad presa del tiempo, mientras yo disfruto de la libertad que se me presenta al vivir el momento. Una libertad efímera pero real. Deseable, envidiable, osada, surrealista… y es que, ¿realmente existe?

Y este no parar que te deja sin respiración de centenares de personas. Y este pensamiento liberador. Y este fresco aire que de golpe se respira. ¿Qué es todo eso en este inmenso mundo? Es real. Soy real. ¿Segura? No. No soy más que una pequeña e insignificante gota en este oscuro océano, un grano de arena en este solitario desierto, una nota más de esta infinita melodía…

Tanto si es real como si no lo es, todo depende de nosotros: Carpe Diem.



Irene Martín Raya
                                                                       Irene Martín Raya

2 de noviembre de 2014

Miedos ocultos

Plop, plop, plop... las gotas de agua caían una detrás de otra, sin parar, seguidas, monótonas, constantes. Tenía que arreglar eso, pero siempre me faltaba tiempo, sería cuestión de acostumbrarse, como todo. No me apasionaba demasiado la nueva casa, pero el sueldo de una camarera no daba para mucho más. Apartada de todo, entre el pueblo y el bosque, pequeña, siempre oscura y vieja, era todo lo que me podía permitir. Esperaba que el sonido del agua se fundiera con el silencio penetrante de aquella habitación y se juntara con el tic tac del reloj de pared del pequeño comedor, formando la orquesta de las tinieblas, la que cada día me acompañaba en las horas más largas. Estaba preparada para otra noche de insomnio, con pesadillas, llena de horas pensando cómo había llegado hasta allí, quién era y quién quería ser. Qué era el destino, el karma y la suerte… desde pequeña me preguntaba si las cosas pasaban por alguna razón. El universo me tenía conquistada con su intriga, y el pensamiento de no ser nadie en aquél mundo lleno de secretos me aterrorizaba.

Sentía el silencio en las venas, no me gustaba nada. Ya estaba preparada. Arropada hasta el cuello, esperaba que el sueño me llevara hasta el más allá, en un mundo donde yo lo controlaba todo, donde era libre, donde podía ser feliz. De pronto el agua dejó de sonar, y cuando lo que tenía como ruido molesto pasó a ser un completo silencio sentí que algo iba mal. En toda la casa solo oía los latidos de mi corazón, cada vez más rápidos, y mi respiración entrecortada. Cuanto más intentaba calmarme más nerviosa me ponía. Decidí levantarme, y en realidad no sé muy bien porque, todo lo que quería era fundirme en aquel colchón y desaparecer, pero no, una vez más ignoré lo que deseaba. Me puse las zapatillas y busqué una linterna. Recordaba haberla dejado en el cajón del armario del comedor, así que decidí ir a por ella. Mis pasos bajo la madera eran como terremotos, quería volar como un ángel pero seguía en el mundo real. Era estúpido, no tenía por qué tener miedo solo porque el grifo había dejado de perder agua. Eché un vistazo al comedor antes de entrar. El reloj se había parado, y por un momento pensé que el tiempo se había detenido, que el mundo había dejado todo lo que estaba haciendo y yo me movía con total libertad. Cogí la linterna y me giré lo más rápido posible. Es irónico lo poco que nos gusta estar de espaldas a la oscuridad, al mundo... Entonces lo vi. Había algo distinto. En la mesa había una mancha oscura. No recordaba haber dejado ninguna bola ni nada tan grande encima de la silla. No se movía. Estaba atemorizada, no podía pensar, no podía andar, no podía reaccionar, pero tampoco quería hacerlo. Seguí mis instintos y lancé el jarrón que tenía a mi derecha, pero la sombra lo esquivó. Esperé a ver si reaccionaba, pero seguía allí. Me acerqué y rodeé la mesa. En ese momento se levantó y fue en dirección contraria a la mía. Iba a coger el centro de mesa que tenía, pero él hizo lo mismo. Me agaché y simultáneamente él también. En aquél instante pasó un coche por la calle, y con sus faros iluminó por unos segundos el comedor. Ahora sí que tenía miedo. Vi sus ojos negros, profundos, como un pozo sin fin. El pelo oscuro recogido en una coleta, el pijama a cuadros azules y blancos, y aquella peca en la mejilla derecha que mi madre siempre decía que era especial. Él era yo.

Entonces lo comprendí. Tenía miedo, y no de algo, ni de alguien, sino de la inseguridad, la crueldad, la lujuria, la maldad del alma, aquello que todos llevábamos dentro, aquello que no conocíamos y, a veces, nos controlaba.