Plop, plop, plop... las gotas de
agua caían una detrás de otra, sin parar, seguidas, monótonas, constantes.
Tenía que arreglar eso, pero siempre me faltaba tiempo, sería cuestión de
acostumbrarse, como todo. No me apasionaba demasiado la nueva casa, pero el
sueldo de una camarera no daba para mucho más. Apartada de todo, entre el
pueblo y el bosque, pequeña, siempre oscura y vieja, era todo lo que me podía
permitir. Esperaba que el sonido del agua se fundiera con el silencio
penetrante de aquella habitación y se juntara con el tic tac del reloj de pared
del pequeño comedor, formando la orquesta de las tinieblas, la que cada día me
acompañaba en las horas más largas. Estaba preparada para otra noche de
insomnio, con pesadillas, llena de horas pensando cómo había llegado hasta
allí, quién era y quién quería ser. Qué era el destino, el karma y la suerte…
desde pequeña me preguntaba si las cosas pasaban por alguna razón. El universo
me tenía conquistada con su intriga, y el pensamiento de no ser nadie en aquél
mundo lleno de secretos me aterrorizaba.
Sentía el silencio en las venas, no
me gustaba nada. Ya estaba preparada. Arropada hasta el cuello, esperaba que el
sueño me llevara hasta el más allá, en un mundo donde yo lo controlaba todo,
donde era libre, donde podía ser feliz. De pronto el agua dejó de sonar, y
cuando lo que tenía como ruido molesto pasó a ser un completo silencio sentí
que algo iba mal. En toda la casa solo oía los latidos de mi corazón,
cada vez más rápidos, y mi respiración entrecortada. Cuanto más intentaba
calmarme más nerviosa me ponía. Decidí levantarme, y en realidad no sé muy bien
porque, todo lo que quería era fundirme en aquel colchón y desaparecer, pero
no, una vez más ignoré lo que deseaba. Me puse las zapatillas y busqué una
linterna. Recordaba haberla dejado en el cajón del armario del comedor, así que
decidí ir a por ella. Mis pasos bajo la madera eran como terremotos, quería
volar como un ángel pero seguía en el mundo real. Era estúpido, no tenía por
qué tener miedo solo porque el grifo había dejado de perder agua. Eché un
vistazo al comedor antes de entrar. El reloj se había parado, y por un momento
pensé que el tiempo se había detenido, que el mundo había dejado todo lo que
estaba haciendo y yo me movía con total libertad. Cogí la linterna y me giré lo
más rápido posible. Es irónico lo poco que nos gusta estar de espaldas a la oscuridad, al mundo... Entonces
lo vi. Había algo distinto. En la mesa había una mancha oscura. No recordaba
haber dejado ninguna bola ni nada tan grande encima de la silla. No se movía.
Estaba atemorizada, no podía pensar, no podía andar, no podía reaccionar, pero
tampoco quería hacerlo. Seguí mis instintos y lancé el jarrón que tenía a mi
derecha, pero la sombra lo esquivó. Esperé a ver si reaccionaba, pero seguía
allí. Me acerqué y rodeé la mesa. En ese momento se levantó y fue en dirección
contraria a la mía. Iba a coger el centro de mesa que tenía, pero él hizo lo
mismo. Me agaché y simultáneamente él también. En aquél instante pasó un coche
por la calle, y con sus faros iluminó por unos segundos el comedor. Ahora sí
que tenía miedo. Vi sus ojos negros, profundos, como un pozo sin fin. El pelo
oscuro recogido en una coleta, el pijama a cuadros azules y blancos, y aquella
peca en la mejilla derecha que mi madre siempre decía que era especial. Él era
yo.
Entonces lo comprendí. Tenía miedo,
y no de algo, ni de alguien, sino de la inseguridad, la crueldad, la lujuria,
la maldad del alma, aquello que todos llevábamos dentro, aquello que no conocíamos
y, a veces, nos controlaba.
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