Gota a gota, paso a paso, el tiempo iba avanzando. Sentía
como el agua caía sobre mí como pequeñas hormigas caminando sobre mi piel. Un
cosquilleo tranquilizador, pero a la vez alarmante, me recorría por el cuerpo.
El aire frío me cortaba los labios como cuchillos, pero a la vez, era como un
beso excitante. Muy contradictorio todo. Aquella luz inquietante, aquella luz
gris que se mantiene durante todo el día… aquella luz que hace que las horas no
pasen, que los minutos sean eternos. Me gustaban los días de lluvia. En el cole
te retienen en las clases, la gente corre por la calle para ponerse a cubierto,
la carretera se colapsa porque todos prefieren moverse con el coche… No soy
capaz de entenderlo.
Camino por la calle, sola, libre, tranquila. Soy una
pequeña lagrima que forma parte de este llanto desconsolado, este que dice que
la lluvia es mala, que el dinero lo es todo, que la belleza va descrita por un
patrón, este llanto llamado sociedad. Y todos estos pensamientos pasan por mi
cabeza mientras piso de lleno un charco y la música retumba por mis oídos. Sin
quererlo, siento como una sonrisa se me dibuja en los labios y de repente tengo
unas inmensas ganas de chillar, saltar, bailar. Nadie me va a ver, las calles
solitarias me acogen como nadie antes lo había hecho. Me doy cuenta que voy
empapada, pero lo más importante es que me da igual. Por fin he entendido donde
me he metido, donde me ha tocado vivir, pero no voy a caer en esta trampa, no
seré una lágrima más, seré la sonrisa contradictoria, el grito luchador, la
serena rebelión.
Llego a casa toda mojada y mi madre sorprendida me
pregunta porque voy empapada. Me río. No voy a responder. Antes que diga nada
más le doy un enorme beso. Parece mentira lo que un día de lluvia te puede
cambiar la vida. Ahora soy feliz, ahora sé lo que es, y lo soy de verdad.
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